[05] Desconocidos de taberna

La taberna de la Fonda amurallada de Musgrave era un lugar amplio, cálido y acogedor, un inesperado rincón de reposo en unas tierras tan alejadas e inhóspitas.

Constaba de un gran salón comunal que ocupaba la mayor parte de la planta baja del edificio principal, con grandes mesas de roble y bancadas vestidas con mullidas piezas de piel y lana, y flanqueado por cubículos para conversaciones privadas que se enclaustraban bajo altillos repletos de barricas de vino y cerveza, y enormes sacos de provisiones.

Cuencos con guisos suculentos y jarras llenas de diferentes líquidos eran servidos entre las mesas por dos mozas y dos mozos jóvenes. Un mesonero de mediana edad se afanaba tras un largo mostrador, entre barriles, odres, frascos y botellas, para atender las comandas de bebidas, mientras una mujer madura y una anciana se manejaban con maestría frente a grandes ollas y generosas piezas de animal que cocinaban sobre brasas ardientes en el interior de un espacioso hogar de lumbre entre arcos de piedra. El aire estaba impregnado de los benditos aromas de tal suculenta comida.

Al fondo, algo separada del bullicio, una confortable chimenea de leña crepitaba frente a varias cómodas sillas tapizadas conformando un espacio recogido donde fumar en pipa, disfrutar de un elixir o licor, o escuchar la música y las historias de algún juglar.

Rúntemor, Rasmus y la elfa anónima buscaron acomodo lo más cerca posible del hogar de brasas. Arrojaron sus pesados y empapados abrigos al suelo, y también las armas y pertenencias de mayor tamaño. Necesitaban entrar en calor cuanto antes y estaban hambrientos, sedientos y agotados.

Ordan había desaparecido tras una puerta que probablemente conducía a una cocina de servicio, pues allí se dirigían también los atareados jóvenes con los cuencos y jarras que retiraban de las mesas.

Mientras aguardaban, echaron un vistazo alrededor. La taberna estaba concurrida a pesar de ser horas avanzadas de la noche.

El grupo más numeroso era, a la vez, el más ruidoso, una docena de fornidos bárbaros úzhgardt que ocupaban varias mesas y bancadas arrimadas entre sí. Eran hombres de armas de muy cuestionable rectitud. Se acompañaban de mujeres zalameras ante las que voceaban y fanfarroneaban en un ejercicio de burda virilidad. Cada vez estaban más ebrios y proferían bravuconadas a cualquiera que cruzara una mirada desafortunada con ellos.

Había norteños en otras tres mesas, estos dedicados a sus asuntos. Seguramente fueran cazadores, tramperos, exploradores, rastreadores, recolectores o, incluso, granjeros, de tribus úzhgardt menos belicosas o iluskanos viajando por tierras de bárbaros. Difícil discernir. Una de las reuniones destacaba por su desconsuelo, con dos hombres y una mujer en una conversación tan escueta como amarga. Cuando alguno se expresaba derrotado, los otros simplemente asentían en silencio con la mirada perdida en el fondo de sus jarras.

Las mesas restantes estaban ocupadas por foráneos.

Un mercader adinerado, ataviado con suntuosas ropas burguesas, presidía una mesa surtida de bandejas rebosantes y vino en abundancia. Cenaba en compañía de cinco hombres corpulentos, sin duda su escolta personal, y una doncella hermosa camuflada tras una túnica recatada con velo. Trataba con camaradería a los mozos de la taberna y todos le agasajaban. Se apreciaba que era un huésped asiduo, de modales cordiales y bolsa generosa. Sus hombres de armas vigilaban suspicaces a los bárbaros. Se sentían ultrajados por sus provocaciones y celosos de sus conquistas amorosas.

El huésped más insólito del comedor ocupaba una mesa solitaria en uno de los reservados. Era un elfo de cabellos dorados y vestimenta impoluta, con una espada elegante colgando de su cinturón, enfundada en una vaina de exquisita manufactura. Su presencia no podía resultar más fuera de lugar.

Una atractiva trovadora afinaba su instrumento de cuerda al calor de la chimenea. Su público potencial se limitaba a dos hombres que ocupaban el aforo frente al fuego: un tipo maduro y bien parecido, de atuendo austero pero cuidado, que leía un libro sin percatarse de los preámbulos de la juglar, y un joven de ojos azulados y mirada traviesa, que la observaba con furtivo descaro mientras exhibía su fascinante habilidad para hacer aparecer y desaparecer naipes, con celeridad, tras sus ágiles manos.

Los últimos huéspedes del comedor se atrincheraban tras una pesada cortina corredera de color rojo, que impedía discernir qué sucedía en el interior del reservado. Tan solo se filtraban las siluetas desdibujadas de los participantes, algo más de media docena, al contraste con la luz de las lámparas.

Por fin, dos jóvenes mozos aparecieron con cuencos repletos de estofado caliente de carne con verduras, y unas gigantescas hogazas de pan. Rúntemor y Rasmus se abalanzaron sobre la comida como bestias. La elfa tanteó el contenido del recipiente, olfateó el olor que desprendía, y se animó a comer con gusto y aprobación. Estaba muy sabroso.

Ordan se acercó con cuatro jarras de cerveza espumosa. Ofreció una a cada recién llegado y conservó la cuarta para sí. Tomó asiento con sus nuevos inquilinos. Estos se apresuraron a honrar a su anfitrión.

―¡Qué Moradin, el Padre de todos los de mi raza, te bendiga y proteja, Ordan, el posadero! ―deseó Rúntemor levantando su jarra con agradecimiento―. Jamás imaginé una roca de piedra tan reconfortante y una comida tan exquisita en estas frías tierras en medio de ninguna parte. Sea cual sea el precio, bien pagado estará. Lo dice un enano.

―¡Por esta bienaventurada taberna y su valedor! ―secundó Rasmus alzando también la suya―. Es la primera ocasión que piso las tierras de mis ancestros y me siento afortunado de que la providencia me haya traído a tu casa.

La elfa completó el homenaje de jarras en alto. Observó confusa al guerrero humano, pues no había entendido bien que había dicho, pero igualmente asintió con un cabeceo en señal de respeto al posadero.

―Sois bien recibidos, viajeros de tierras lejanas ―aseguró Ordan con orgullo.

Golpearon las jarras con alegría y llenaron los gaznates de la deliciosa bebida. Se sentían muy reconfortados.

―Soy un mesero al que le gusta escuchar buenas historias ―confesó Ordan con su estruendoso chorro de voz―. Mis huéspedes son, a la par, mi dedicación y mi divertimento. ¡Y soy agradecido con sus relatos! Puedo prometeros que, si alguno me intriga, la cena correrá a mi cuenta.

La comida estaba tan deliciosa que Rasmus y Rúntemor remolonearon tanteando quién tomaría la palabra en primer lugar. Hubiera sido descortés no complacer la petición del anfitrión. Para su sorpresa, la elfa se adelantó.

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