[03] El portón de la Fonda amurallada de Musgrave

El río Cursograna nacía muy al norte, cerca de los picos gélidos del Espinazo del Mundo, en las montañas del Bosque Drúar. Serpenteaba entre pinos, píceas y abetos antes de abrirse hacia el sur, atravesando un paso flanqueado por el frondoso Bosque de la Luna y la inquietante y sombría espesura de Los Árboles Nocturnos, para continuar sobre un prado de brezos, helechos y musgo en las Tierras de la Luna.

La Fonda amurallada de Musgrave se alzaba junto a un maltrecho puente que cruzaba el río Cursograna, unas pocas millas antes de que el cauce fluvial virara hacia el este al encuentro de las imponentes y escarpadas Montañas Nezher. Se había erigido sobre las ruinas de una antigua fortaleza de vigilancia fronteriza. Era una construcción rectangular de roca firme, con dos edificaciones asimétricas formando una ele y un patio frontal parapetado tras altos muros. El edificio principal, de gran tamaño, albergaba los alojamientos comunales y privados, la taberna, la despensa y la bodega. El otro edificio, más modesto, incluía los establos y un rincón con las letrinas. En el patio había un pozo y un cobertizo, y quedaba espacio para acoger unos pocos carros de comercio. El único acceso exterior al recinto era un firme y grueso portón de roble con recios postigos y herrajes de refuerzo, bien atrancado para evitar la incursión de cualquier maleante o criatura vil de los alrededores.

Casi sin resuello, empapados y calados de frío, Rasmus y Rúntemor llegaron frente al portón del gran patio amurallado de la fonda. Lo aporrearon con las fuerzas de flaqueza que brotan de la esperanza de lograr cobijo, calor y comida, pero pronto empezaron a desfallecer.

―¡Nadie va a escucharnos con esta maldita tormenta! ―evidenció Rasmus agotado y desesperado bajo la fiereza de los truenos y la lluvia―. Oh, Rúntemor, temo que quizás aquella pitonisa no fuera una vidente bien intencionada sino una súbdita de Beshaba, la Doncella del Infortunio, y se haya burlado de nosotros para enviarnos a la perdición en los confines del mundo.

―¡Una afirmación muy propia de los humanos! Tras varias horas más de camino bajo esta descorazonadora tormenta y nuevos contratiempos, la pitonisa salvadora se ha convertido en una bruja malévola ―protestó Rúntemor contrariado―. ¡Con el sermón que me diste!

Solo cuando Rasmus se derrumbó en el encharcado barrizal, Rúntemor acertó a comprender qué sucedía. ¡El hombre estaba exhausto! Aún con el enorme vigor de su sangre bárbara, sus fuerzas tocaban a su fin. El enano, representante de una raza tan conocida por su temperamento y testarudez como por su enorme aguante físico, todavía resistía en pie.

Rúntemor se esforzó por aupar a Rasmus de la tierra embarrada y arrimarlo contra el portón. Lo sentó y trató de mantenerlo consciente, pero su estado no resultaba prometedor. Además de la fatiga, sus ropas estaban completamente mojadas y tiritaba superado por el frío.

―Me prometiste que cenaríamos al calor de la chimenea de esa posada, con un buen trozo de carne humeante en el plato y varias jarras de vino en la mesa. Un enano no olvida ese tipo de promesas. No creo que seas un bárbaro embustero, así que haz el favor de mantenerte con vida.

―Ella dijo que cenaríamos exhaustos a las puertas de nuestro destino ―balbuceó Rasmus en un último delirio sobre su profecía.

La luz de la linterna comenzó a extinguirse, pues no quedaba más aceite que quemar. Las últimas sombran se arrojaron contra el inescrutable portón. Luego todo quedó a oscuras.

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