[02] Dos viajeros bajo la tormenta (2)

Rasmus tardó en girarse, pues su cuerpo y su mente estaban embotados por el cansancio y el frío. Al orientar la linterna hacia el enano, vio cómo este señalaba con un ademán enérgico algún lugar al frente de la marcha, mientras gritaba contra la ventisca.

―¡Al frente, a lo lejos, creo distinguir una arboleda! ¡Debemos estar muy cerca del puente que cruza un recodo del cauce del río Cursograna! ¡Es donde el camino gira hacia el este, entre los Árboles Nocturnos, rumbo al encuentro de la Ciudadela Felbar cruzando el largo y peligroso Valle Frío! ―vociferó el enano.

Rasmus se volteó de nuevo cara al camino. La violencia de la borrasca engullía cualquier sonido, así que era incapaz de percibir el rumor de la corriente fluvial. Además, su vista humana no le permitía escrutar nada en la oscuridad de la noche, mucho menos en medio del torrente de agua que arreciaba desde el cielo. Tal era su entumecimiento que tampoco recordó que, cuando cotejaban la ruta antes de partir, Rúntemor había señalado que sería una de buena ventura si alcanzaban una posada amurallada que se asentaba junto al puente que cruzaba el mencionado río antes de desfallecer.

―¡Estamos muy cerca de los muros de la Fonda de Musgrave! ―insistió Rúntemor.

Rasmus tardó en comprender el mensaje, interferido por la virulencia de varios truenos, que se solaparon con los gritos de su guía. Pero acertó a captar la esencia del mismo a través de la expresión esperanzadora de su rostro. Su estado anímico dio un vuelco. Empezó a carcajear sonoras risotadas, que desafiaban la nada apacible noche. Se desprendió de la capucha del pesado abrigo y alzó sus brazos al cielo mientras la intensa lluvia le mojaba su cara barbuda. Por un momento el enano pensó que aquel necio humano había enloquecido. No le dio tiempo a esquivar la acometida de este cuando le abrazó con la fuerza de un oso, justo tras apoyar la linterna de aceite sobre el suelo embarrado. Una vez aferrado, comenzó a darle palmadas en la espalda que caían como golpes de un mazo.

―¡Bendito seas, Rúntemor “garrapata de la piedra”! ¡Bendito seas! ―repetía enérgico un revivido Rasmus―. ¡Aquella pitonisa de Argluna tenía razón! ¡Aquella pitonisa tenía razón!

―¿De qué puñetas hablas, bárbaro majareta? ¿Acaso el frío de las Tierras de la Luna te ha hecho perder el poco juicio que guardabas? ¿Qué pitonisa es esa que mencionas? ¡Maldita sea, suéltame!

Rasmus siguió aún abrazando y palmeando al enano durante un minuto, aun cuando este se resistía, visiblemente contrariado por la situación.

Cuando finalmente el hombretón le soltó, el enano aprovechó la proximidad para agarrarle por los pliegues del cuello del abrigo y encararse con el guerrero. Era cierto que Rasmus era un tipo alto y hercúleo, pero igualmente lo era que el enano, aunque bajo como correspondía a su raza, era muy corpulento. Ambos eran individuos entrenados para la lucha. Además de sus pesados abrigos, de sus enseres de viaje y sus cargadas mochilas, portaban armaduras y armas de batalla.

―Estoy seguro que ningún otro insensato se hubiera aventurado a guiarte por estas tierras inhóspitas bajo esta horrible tormenta. ¡Yo jamás lo hubiera hecho! Sin embargo, estoy en deuda contigo por la ayuda que me brindaste, sin entender aún tus motivos, en Argluna. Mi palabra está en ello. Te llevaré hasta esa aldea a la que llamas Malfario, esté donde esté. Sin embargo, tengo una única petición que hacerte en nuestro viaje. Intenta recordar que mi nombre es Rúntemor Piedraerrante y no lo mancilles con tus improperios.

Estaba irritado y agarraba al bárbaro por el abrigo con firmeza. Rasmus, consciente de su afrenta, se apresuró a enmendarse con una propuesta entre conciliadora y explicativa.

―Cuando estemos al calor de la chimenea de esa posada, con un buen trozo de carne humeante en el plato y varias jarras de vino en la mesa, a las que yo mismo invitaré, te contaré los detalles de mi historia, Rúntemor Piedraerrante. Te ruego aceptes como preámbulo la siguiente revelación evocada por aquella pitonisa de la que aún no te había hablado.

Rasmus cerró los ojos y rememoró aquella profecía, recitándola con tono solemne.

Te guiará por las tierras del Norte un noble compañero de viajes que encontrarás acorralado por varios maleantes sin escrúpulos. Ayúdale. Favor por favor, una alianza. ¡Luego apresúrate en partir! La tormenta ya se ha desatado. Bajo un cálido techo junto al cruce de un río, ambos hallaréis reunidos a la mesa a valientes de razas dispares y a rufianes de oscuras intenciones. A medianoche, cenaréis exhaustos a las puertas de vuestro destino.

El enano atendió las palabras en silencio. Por un momento creyó que la ventisca y el diluvio amainaban para que el mensaje resonara imponente por encima de los elementos.

Cuando Rasmus terminó, Rúntemor le soltó los pliegues del abrigo.

Ambos continuaron aún un rato observándose frente a frente, con las sombras de sus rostros cansados marcadas por la luz que arrojaba la linterna posada sobre el barrizal. Asintieron sin necesidad de añadir nada más. Recogieron sus pertenencias y prosiguieron a buen ritmo por el camino. El albergue fortificado debía hallarse cerca.

Siguiente fragmento →