[01] Dos viajeros bajo la tormenta (1)

La tormenta se enfurecía. La lluvia no cesaba en su intensidad, empapando todo bajo su intenso aguacero, y el viento soplaba en rachas violentas. El frío calaba en los huesos. Hacía varios días que el final del otoño se acompañaba de esta meteorología atroz, como si augurara malos presagios como compañeros inesperados de la llegada de las nieves del invierno.

Dos viajeros avanzaban a duras penas por la pradera ondulante y salvaje que se asentaba entre las lindes de la densa arboleda del Bosque Alto y las cumbres noroccidentales de las Montañas Nezher. Era imposible perder el rumbo hacia el norte, flaqueados por estas dos referencias. Cada tanto se atisbaba alguna gruesa y firme estaca de madera, clavada en la floresta musgosa, que referenciaba el camino y que recordaba a los viajeros que pisaban las tierras de los aguerridos y belicosos bárbaros úzhgardt. No obstante, el diluvio y la ventisca servían igualmente de desamparo y protección, pues pocos salteadores se aventurarían a deambular por la embarrada planicie, salvo que hubieran sido advertidos de la llegada de algún suntuoso cargamento. No era el caso.

Ambos estaban empapados desde el sombrero a las botas, con sus gruesos abrigos de pieles enchumbados. Impulsada por las fuertes ráfagas de viento, la lluvia se había comenzado a filtrar en el interior de la vestimenta, calando sus cuerpos ya de por sí entumecidos por el frío. La temprana caída del sol, dadas las fechas, había afeado aún más la situación.

―¡Rasmus! ―gritó Rúntemor apelando a la resistencia que le otorgaba su indestructible raza.

El que vociferaba era un enano escudo originario de Sundabar, una ciudad fortificada de la Marca Argéntea donde conviven humanos y enanos, conocida por sus exportaciones de metal y madera, así como por la riqueza, suspicacia y belicosidad de sus habitantes. Al contrario que muchos de sus coterráneos, Rúntemor ansiaba “descubrir y comprender muchas otras piedras” antes de asentarse y establecerse entre los límites de la doble muralla. Según sus propias palabras, fue Moradin, el Padre de los enanos, quién le bendijo con esta vocación y le otorgó el sobrenombre de Piedraerrante.

―¡Rasmus, bastardo hijo de las bestias! ―se desgañitó con insistencia Rúntemor, intentando acelerar el paso para alcanzar a su compañero de viaje, que marchaba delante y que evidenciaba no haberse percatado de su vocerío.

Rasmus era un fornido hombre de armas de sangre mestiza. Hijo bastardo repudiado de un acaudalado comerciante de la Costa de la Espada y de una esclava capturada de entre los bárbaros úzhgardt, había ejercido de matón, de escolta, de maleante, de vigilante, de extorsionador, en definitiva, de cualquier ocupación en la que primara la contundencia física. Sus manos estaban manchadas de sangre y la muerte le había zarandeado en varias ocasiones. Sin embargo, su férrea constitución, una prueba irrefutable de la predominancia de su linaje materno, no le había aún autorizado a apartarse de la vida.

El brazo del enano finalmente alcanzó la espalda del hombretón y dio un tirón al abrigo con la intención de que le prestara atención.

Siguiente fragmento →